sábado, 26 de abril de 2008

SEGUIME CHANGO SEGUIME. Vol I




Después de una jornada calurosa el viento fresco anunciaba una noche soportable, el cielo estaba estrellado en la madrugada de domingo. Un Clio negro zigzagueaba por Brown y dobló en Alem. Estaba lleno, al volante estaba el Chino de no más de veinte años , del baúl abierto se asomaban dos pibes, el estéreo estaba al taco, tanto que el ritmo de la música dance no los dejó escuchar un bocinazo.


De golpe se clavaron los frenos, el olor a goma quemada se esparcía por el aire y una franja negra se abría paso en el asfalto mientras una botella verde estallaba con furia. Veinte minutos más tarde la misma escena se repitió en otra esquina.


Son las cuatro y media en la puerta del boliche había una extensa fila, tres chicas con mini shorts de lycra y corpiños negros bailaban sobre una tarima detrás de la vidriera empañada. Dos vallas oxidadas tapaban la entrada mientras los patovicas hablaban por Nextel, eran tres y estaban vestidos iguales; remera blanca ajustada al cuerpo musculoso, pantalón pinzado, zapatos negros, pelo corto y engominado.


En la vereda de enfrente una chica caminaba apurada, era retacona, las raíces negras se empeñaban en tapar un rubio desteñido, tenia vestido diminuto de color rojo. El escote dejaba entrever los senos, las medias de red se trepaban a las piernas fornidas, llevaba zapatos de plataforma y taco aguja. Sacudía las caderas atrayendo la atención de toda la cola de autos que esperaba que el semáforo se pusiera verde.


Dos chicos la vieron pasar pero no se inmutaron , uno estaba en cuclillas con la cabeza gacha, un charco de vómito espeso se expandía al lado de los pies, la onda expansiva alcanzó a salpicar las Adidas rojas del amigo que le sostenía la cabeza. El estaba agachado tenía el pelo mojado, las mangas de la chomba celeste arremangadas y el pantalón embarrado, el otro estaba practicamente igual pero sin remera.


A media cuadra se percibía olor a fritanga, la vidriera de "la panchería" tenía restos de polvo, la puerta de entrada era angosta y de color amarilla, afuera se escuchaba la música a todo volumen y un murmullo potente mezclado con risas y gritos. Al lado tres amigas tomaban un remis, se tambalean y reían entrecortado mientras un hombre les indicaba el camino.


Eran mujeres de sesenta años; el olor a productos avón las envolvía y se mezclaba con el spray adherido a sus blancas cabelleras. La más alta tenía una remera sin mangas que dejaba a la vista la carne floja de los brazos y cargaba una botella de champagne y tres vasos largos de plástico duro.


Un patrullero recorría las calles pero no advirtió a un Fiat 128 estacionado a mitad de cuadra sobre Moreno; no había luz y los árboles en fila formaban un sombra compacta. Los vidrios estaban empañados y el auto se movía despacio e ininterrumpidamente, a simple vista no se observaba ninguna cabeza pero una mano con las uñas pintadas de rojo se apoyaba en el vidrio del acompañante.


A las siete ya amaneció, las calles repletas de gente, los autos empezaban a calentar los motores, las chicas hablaban a los gritos entre globos de chicles y pitadas de Marlboro. Los perros se alborotaban, los madrugadores miraban asombrados y las panaderías vendían las primeras docenas de faturas. El dueño del puesto de Hipólito Irygoyen apagó el fuego de la parrilla, guardó 5 chorizos en una bolsa de Cotto y plegó con una sola mano la silla donde pasó la noche.


Cuando muchos emprendían el viaje de regreso dos nenes menudos se desperezaban entre unos cartones al lado de su mamá, una chica de 25 años a la que le faltan los dientes, que dormitaba contra una pared en el hall de la estación de Quilmes.


Un hombre morocho de traje gris pasó por al lado, los miró, frunció el ceño y siguió de largo, atrás un flaco con ojeras pronunciadas, aliento a cerveza y el pelo revuelto extiendió la mano derecha y les regaló dos monedas de un peso.El cielo estaba despejado y el sol asomaba la nariz cuando la barrera se bajó; el primer tren llegaba al anden, nadie bajó pero más de uno subió dejando atrás otra calcada noche de sábado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena Crónica. Representaste claramente todas las situaciones que se pueden producir cualquier madrugada de fin de semana.

Juan

Luc dijo...

Aguante Malharro nena! no hay mejor manera de contar una historia que ser parte de ella, así sentimos los olores, escuchamos los ruidos, estamos... q noche teté