jueves, 8 de enero de 2009

CRÓNICA



El sol en su máximo esplendor me obligaba a fruncir el seño incluso detrás de los rigurosos lentes negros.
El cuerpo se calentaba tras cada paso al mismo tiempo que pequeñas gotas de agua salada se desprendían de la frente. Lo quedaba de perfume en la piel se evaporaba en el ambiente caldoso. Habían pasado apenas diez minutos de las siete de la tarde cuando casi por inercia emprendía el camino de regreso a casa.
Los pies perseguían las sombras de los árboles esquivando veredas rotas mientras un tema de Frank Zappa retumbaba en los auriculares del viejo walkman.
Bajé del colectivo en Hipólito Irigoyen y caminé como pude la cuadra y media hasta la estación, con el último aliento trepé las escaleras de acceso, con la mano derecha busqué el boleto arrugado en los bolsillos traseros del jean celeste mientras con la izquierda sacaba de la billetera un San Martín bastante vaqueteado.
-Dame el agua o la gaseosa más fría que tengas, encaré a la chica que se apoyaba en el kiosco mejor ubicado de Quilmes.
Recibí, increíblemente, un par de monedas de vuelto, (su escasez hizo que se vuelvan un tesoro más que preciado) y a los dos minutos un trago de jugo helado me recorrió de pies a cabeza. Esquivé dos señoras, tres chicos con mochilas enormes y un par de mujeres entradas en años y me senté en el banco más vacío y alejado del tumulto.
A penas me acomodé, me crucé de piernas cuando un tren estacionó en el andén, bajo el volumen de la música para escuchar mejor el destino cuando una masa de gente comenzó a pasarme por adelante. Con sorpresa veo alguien parado frente a mí.
Era una chica de unos 15 años, con el pelo revuelto, la ropa ajada y los pies sucios. Tardé unos segundos en advertir que me hablaba a mí, inmediatamente vuelvo a bajar el volumen y la miré.
- ¿Me das un poco?, dijo mientras señaló mi botella de jugo.
- Tomá. Llevatela. Le contesté y extendí el brazo.

Me agradeció y se fue. Mientras me daba la espalda observé como disfrutaba del líquido refrescante tanto o más que yo. Me quedé pensando en que el clima sea cual sea siempre castiga a unos más que otros.
En un día extremandamente caluroso, una simple botella de agua saborizada, mi botella de agua saborizada en el lugar menos pensado sirvió para calmar la sed de alguien que parecía mucho más sedienta que yo.

4 comentarios:

Pablo U dijo...

Creo que es lo más lindo que escribiste desde que tenés este blog.
Lo que me da gracia es que cada cosa que contás la empezás desde que te levantás a la mañana..jajaja.
En serio, muy bueno.

Saludos!

Anónimo dijo...

Muy gráfico.. Me pasó lo mismo en el subte, un nene de 5 años me pidió un sorbo de agua. Le dejé la botella y la compartió con la hermana.
Beso evan, luc

Fernando Bombo dijo...

Muy bueno. Casi se me escapa una lagrima

Andrés dijo...

La realidad en forma más dura.

Muy buena crónica.

Saludos